Mojo Wokin’, o cuando tras siete años el milagro no ha dejado de repetirse

Un año más, y van siete, Donosti ha vuelto a ser el escenario de uno de los festivales más impresionantes de los que se organizan en este país.

Carcomidos por la envidia, algunos barceloneses que padecemos la masificación y banalización institucional del concepto festival, a través de monstruos pergeñados para convertir nuestra ciudad en una mezcla de sucursal escandinava de Can Tunis y botellonesco Magaluf –eso sí- con ropita la mar de cool; volvimos a viajar al norte para volvernos a enamorar del Mojo Workin’. Otra vez.

La combinación, siempre perfecta, aúna a nombres míticos de la música negra de los 60, con DJs consagrados a los mismos sonidos, y los encantos de un lugar que, como tantos otros en Euskadi, cuesta abandonar cuando toca volver a tu ciudad: esa urbe tan cosmopolita en que todo es muy foodie, drinkie y cualquier otra sandez con la que, en este mundo cretino, creemos reinventar conceptos, pero donde a ver dónde te atizas un bacalao encebollado como dios manda, servida por un camarero como dios manda.
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Dejando ya de lado comparaciones, que siempre dan un asco terrible, y ciñéndonos a lo experimentado el pasado fin de semana en Donosti, las lágrimas caen como gotas de lluvia sobre el Arca de Noé sólo con recordar lo en forma que están las Flirtations o lo perfecto que, al parecer, sonó un William Prince (otrora líder de los Precisions de Detroit) en el único bolo que tuve la mala pata de perderme.

Hablo aquí por boca de todas y todos quienes me pasaron, por el rostro, el conciertazo que me había perdido.

12721991_10209375171244645_758303638_nAplauso al mítico screamer de ojos azules de Detroit, Mitch Ryder, por vencer y convencer a pesar de que lo tenía difícil. Buena parte del público no éramos especialmente fans de su trayectoria en los 60, pero al tío se le ve muy bien y uno entiende por qué Ryder es el papá espiritual de gente como Iggy Pop. Eso sí, pequeño pinchazo en el corazón ante un Darrow Fletcher –otrora leyenda de la música del alma facturada en la Ciudad del Viento entre los 60 y finales de los 70- francamente consumido y sin voz.

Excelsa la selección musical posterior por parte de los Djs con los que compartí cabina, donde no faltó Soul Jazz, Boogaloo, compases jamaicanos, mucho Soul de los 60 y, por supuesto, una (muy) buena tanda de Rhythm and Blues de los 50 y 60.

Txacolí, chuletones, tapeo, tortilla de bacalao y otras delicatesen locales no hacen sino acrecentar, exponencialmente, la desazón de tener que esperar un año a que el milagro, pergeñado por dos incansables activistas que responden a los nombres de Arkaitz Kortabitarte y Jokin Arizmendi, se repita.

Texto: Alberto Valle

Fotos: Josep Mª Tudela


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